Esto de ser madre

Una mamá chilena en Barcelona: Mamá aquí y en la ‘quebrá del ají’

Nunca imaginé que sería “extranjera” ni mucho menos que tendría hijos que lo serían también, pero en países diferentes… yo soy extranjera donde vivo y ellos extranjeros en mi país. Pero como la vida siempre se encarga de sorprendernos, aquí estamos en nuestra pequeña Babel. Gabriela, de 6 meses,Darío, de 2 años, Carlos de treintaylargos y yo de treintaymenos vivimos una vida como de cuento, no tanto porque sea idílica, sino porque cada uno, en nuestro estilo, somos unos verdaderos personajes.
Hace algunos días vivimos una experiencia durilla. Gabriela despertó una noche a las 4 AM dando gritos de dolor. No había manera de tranquilizarla. Como habíamos pasado una fase de cólicos cuando era más chiquita, apliqué todos mis conocimientos y destrezas en los distintos tipos de masaje. Moví sus piernas, su barriga, la puse en las mejores posiciones “eliminagases” y nada. Apenas se hizo de día, Carlos se fue a trabajar y yo partí con mis niños directo al médico. Eso de directo, para que nos entendamos, es un decir. Es el intento por definir el objetivo que tiene una madre en mente cuando su hija está enferma, pero si consideramos que Darío está obsesionado con llevar su escobita de juguete a todos lados, pero no de adorno… sino que para barrer toooooodas las calles, entenderán que el camino de 20 minutos, se volvió de hora y media. Para hacer el cuento corto: otitis. “Oigo también un silbido en su corazón. Pero tranquila, es común”.
¡¿Tranqui…qué?! ¿Me está diciendo que mi niña tiene el corazón como una flauta y no quiere que me preocupe? “Vale”, respondí, que equivale a “ya”, “de acuerdo” o fórmulas de estas que salen de tus labios cuando estás con el cerebro maquinando mil otras posibles respuestas.
Y entonces miré a Darío. Su pelo totalmente disparatado a causa de la electricidad estática, una franja de mocos secos estirados por toda su mejilla izquierda y su carita aún asustada por los berridos de su hermana, me hicieron sonreír y bajar la alerta. Si ella lo dice, me lo creo.
Tres días después, a la hora de acostarse, la fiebre sube a casi 40. Cogí a Gabriela y nos fuimos volando a urgencias y aunque la sala estaba llena de otros bebés más grandes, la hicieron pasar deprisa. Al mirarla la doctora observó unas micromanchitas en sus piernas: “petequias”, y quizo tomar muestras de sangre y meter antibiótico a la vena. Me tranquilizaron diciendo que no era nada. Seis horas más tarde, salimos.
A la mañana siguiente me llaman al móvil. “¿Cómo sigue Gabriela?” No podía mentir. Dije que la notaba muy decaída y que alguna decimilla tenía. “Es que hemos encontrado un germen en sangre sin nombre ni apellido. Ante cualquier anomalía venga directo a urgencias”. ¡Ufff! Ese día, la pobre no podía ni respirar sin que yo la analizara. Encima era mi cumpleaños. Hubo gente, querían tomarla en brazos y ella no quería nada con nadie, pero no había fiebre ni nada fuera de lo “normal” que pudiera bautizar a aquel germen.
Al día siguiente, salimos a pasear con Darío –y su escoba, claro- y no alcanzamos a llegar a la esquina cuando vuelve a sonar el teléfono. “Hay una bacteria en la sangre de Gabriela. Necesitamos que la traiga ya a urgencias”. Por un instante, se congeló todo a mi alrededor. Darío quería seguir barriendo. “Tu hermana está malita, hijo. La tenemos que llevar al hospital”. “Un autobús donde la yaya”, responde él, y yo, sorprendida ante la lucidez de su pensamiento, lo subí a un autobús y lo fui a dejar donde su abuela.
Cuando llegó Carlos, nos fuimos al hospital donde estuvimos las siguientes 9 horas. Tenía una bacteriemia por streptococo pneumoniae, es decir, que la infección del oído se le fue a la sangre y había que detenerla lo antes posible. El problema era que no había forma de localizar sus venas para poner la vía y después de agujerear todas sus extremidades por lo menos dos veces, decidieron poner el antibiótico intramuscular. Por suerte fue surtiendo efecto y los niveles comenzaron a volver a la normalidad.
Para amenizar la jornada, el padre de las criaturas encontró las chatas de cartón que había ahí en el box e improvisó un baile como si de sombreros se tratara. Hasta mi pequeña niña, en su mundo, se rió de las gracias de su padre y menos mal que la reverencia la alcanzó a hacer justo antes de que entrara la pediatra a darnos la buena noticia: “os podéis ir a casa… -dijo, mientras él volvía a su sitio las chatas- ¿Os han dicho que la niña tiene un soplo? Habría que controlarlo”. “Sí, tranquila” dije yo esta vez… y nos fuimos a buscar a nuestro pequeño barrendero.

(Adaptación del relato publicado en Revista PadresOk nº 156)

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Un pensamiento en “Una mamá chilena en Barcelona: Mamá aquí y en la ‘quebrá del ají’

  1. Hola Jani. Me alegro de que se haya descubierto el mal y se haya solucionado. Yo, hace dos meses, estuve a punto de morir. Estuve en la UVI. Al llegar, me dijeron que si hubiese llegado media hora más tarde, habría entrado en coma sin retorno y me habría muerto. Cosas que pueden pasar. Todo es impermanente, y en cualquier momento, nos toca el turno sin tener en cuenta la edad. En cuanto a eso de ser extranjero, lo somos todos. Basta pasar una frontera y ya lo eres o dejas de serlo. Fíjate que ahora, yo me siento extranjero hasta en mi propio país de origen. La verdad es que por ser las fronteras un invento de los hombres, todos somos extranjeros y a la vez nadie lo es. Somos ciudadanos del cosmos.

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